UN ENCUENTRO ESPERADO
Sergio Pérez-Holanda es doctor en Medicina y Cirujano del Hospital Valle del Nalón. perezholanda@gmail.com
CONFIANZA EN UNO MISMO
El ser conscientes de nuestros límites, pero también de nuestras capacidades, permite conseguir tener una valoración adecuada de uno mismo. Es un ejercicio básico para conocernos a nosotros mismos y debemos ejercitarlo diariamente, como ya esbozamos en un artículo anterior (elmensualoventense, 2012).
Al tratar de pensar en las limitaciones que no nos han permitido conseguir algún logro, no es difícil sentirse frustrado. Pero tenemos que dar un paso más: ser conscientes de ello, ver si se puede mejorar con trabajo y esfuerzo, o por el contrario, ya es una limitación insalvable que no podemos mejorar.
Un ejercicio práctico que nos permite ser conscientes de esto es preguntarse después de cualquier actividad de la vida cotidiana: ¿seré más competentes en esa actividad para la próxima vez?
Este ejercicio mental, que suena casi a masoquismo, nos permitirá avanzar en nuestra autoconciencia, e irá estableciendo en nuestra mente un equilibrio entre nuestras limitaciones y nuestras capacidades reales.
Con ello se irá forjando la confianza en uno mismo.
La confianza en uno mismo se fundamenta, a mi modo de ver, en 3 pilares: uno, en el conocimiento que tengamos de nuestras auténticas limitaciones y capacidades, consiguiendo un necesario equilibrio entre ambas; dos, de los logros que vayamos consiguiendo, los cuales reforzarán nuestras competencias; y tres, de la percepción que recibo de los demás sobre mí, tanto sobre mis limitaciones como de mis capacidades.
El tiempo de ocio, la forma de convivir en pareja, la manera de educar y relacionarte con tus hijos, la no fácil convivencia con los compañeros de trabajo, la no menos tensa con tu jefe, y como no, la investigación dentro de equipos multi- e interdisciplinares de personas. Antes o después tendrás ese encuentro esperado.
Que pueda pasar una tarde de un día laboral cualquiera jugando con mi hija de 4 años es un hecho poco habitual, que quizá sucede una vez a la semana.
Sólo en mi tiempo de ocio puedo tener hasta mil razones para no hacerlo: el jardín, actividades con sus hermanos, los deberes, alguna reparación de bicis,… el listado es interminable. Pero ese día era un jueves de marzo y estaba con ella, peinando y vistiendo muñecas para su satisfacción y regocijo.
En un momento del juego, se quedó mirándome y dijo: “Papá, ¡mira qué bien he peinado a Nicoletta!”.
Yo estaba absorto con “la Nancy” y un peinado que no era nada fácil de sujetar con aquellas gomas de juguete, y no me percaté de la situación que se avecinaba. Así que seguí peinándola, sin más.
Al cabo de varios segundos volvió a repetir el comentario.
Y tras varios intentos, consiguió que la respondiera un “sí-sí” muy poco motivador. Más tarde, tras pocos minutos y sin mediar palabra, dejó de jugar y se fue a otra cosa. Y yo, sin pedir explicación alguna, aproveché para volver a mis cosas.
Puedes llegar a contactar con ese fenómeno llamado Inteligencia Emocional de las formas más variadas, como en esa tarde de muñecas con una de mis hijas.
Quiero detenerme aquí para explicar que la confianza en uno mismo es algo vulnerable, porque los demás inciden sobre ella. Y ésta influye sobre la valoración que tengo de mi mismo (autoconciencia). Y ésta explica los sentimientos que cada circunstancia genera, y, con éstos se pueden explicar los actos presentes y futuros.
Siguiendo la hipótesis de Jung (Buenos Aires, Edición Sudamericana, 1985) comentada en artículos previos, los actos están apoyados en los sentimientos, según el esquema: percepción, conocimiento, juicio, sentimiento, actitud, acto.
Dicho de otro modo, nuestras acciones son un reflejo de nuestros sentimientos. La hipótesis que defiendo es que el ser consciente de nuestros sentimientos nos permite predecir nuestros actos.
Pues bien, esa conciencia de uno mismo viene modulada, entre otras cosas, en la confianza en uno mismo.
Como padre, el hecho de reforzar la confianza de mis hijos, lo considero algo fundamental para su construcción mental y para el modelado de la autoconciencia de cada uno de ellos.
Aunque claramente, ¡este día no estaba pensando en ello!
Los niños no tienen aún la madurez mental necesaria para conocer y asumir sus limitaciones. La única respuesta que conoce su mente ante la no consecución del logro es la frustración; de hecho, mi hija de 4 años es un claro ejemplo de ello. En cambio, los logros les gratifican de forma natural y te sonríen. ¡Y hasta saltan de alegría!
Por otro lado, el ejercitar nuestro lenguaje verbal y no-verbal es primordial para el desarrollo de la autoconciencia de los demás. En los niños, creo que el resaltar sus logros y relativizar (pero no borrar) sus fracasos les creará confianza en sí mismos.
Insisto, se transmite verbalmente o de forma no verbal.
A propósito de esto, escuché el otro día en la televisión que el lenguaje no verbal (del que no tenemos ni idea que utilizamos continuamente) está compuesto por las posturas de nuestro cuerpo, los gestos, el tono de voz, la mirada y un sinfín de cosas más. Pues bien, resulta que éste influye en nuestro interlocutor tanto como un 60% de lo que transmitimos.
Volviendo a mi rol de padre, deseo que el niño sepa ir discerniendo sus sentimientos, y así sus actos sean reflejo de su auténtica personalidad, y no reflejo de unos mecanismos mentales automáticos o circunstanciales de frustración o de rechazo.
Aquella tarde, tras haber hecho “mis cosas” y más tranquilo, reflexioné en lo que había pasado. Y pensé: ¡qué raro!: una tarde entera que ella tenía a solas conmigo, sin hermanos ni obligaciones, y me deja sin más.
No volví a verla hasta la cena.
Empecé a darle vueltas a lo que había pasado y me di cuenta de mi grave error, pero corregible afortunadamente. Así que me sentí culpable y esperé atento a que la siguiente oportunidad se presentara.
La ocasión no tardó en llegar, y después de cenar, delante de sus hermanos me espetó: “Papá, ¿jugamos a las guerras?”. En mi infancia se llamaba “Al montonín” y se trata de tumbarse unos encima de otros y hacer un rato “el bruto”.
Era tarde, y antes de ir a la cama no es momento ideal para hacer “el burro”, pero como quería resarcirla, le dije que sí. Al cabo de 10 minutos, me dijo un “papá, te quiero mucho” y nos dimos las buenas noches, quedando para volver a jugar otro día.
- Y aproveché ese momento para intentar arreglar el error anterior diciéndole que su peinado de la tarde anterior era precioso y que quería volver a jugar con Nancy y Nicoletta otro día.
- Para mi sorpresa, me argumentó: “Pero papá, ¡si tú no haces caso, y además, a ti las muñecas te aburren!”.
- ¡No, de eso nada!, me relaja mucho y me entretiene”, intenté convencerla yo.
- A lo cual me respondió un “vale” de lo más vacío.
- Se hizo un silencio de unos segundos y me dijo: “Papá, acércate para darte un abrazo”. Nos dimos un abrazo y me fui de la habitación.
A la semana siguiente, en otra tarde lluviosa, volvimos a encontrarnos sus muñecas, ella y yo.
En esta ocasión pasamos toda la tarde sentados en el suelo jugando juntos: yo alabando su esfuerzo y ella dándome consejos de peluquería. Ese día no se marchó a jugar sola a otra esquina del cuarto. Y yo rechacé cualquier pensamiento sobre la lista de cosas que estaba dejando de hacer mientras jugaba con ella.
Considero que en cualquier campo, las personas que componen los equipos son fundamentales para el desarrollo y la innovación posterior. A mi juicio, la motivación entre ellos, y no sólo del líder hacia los demás, sino también de los demás al líder (de abajo a arriba), y en transversal (de todos con todos), permitirá que todos se sientan más motivados y desarrollen esta competencia llamada confianza en si mismos, que incluye estar seguro de nuestras limitaciones y nuestras capacidades.
Lo que no es un detrimento, sino un medio para llegar a trabajar en la interdependencia, en la que las personas trabajan en simbiosis mutuamente motivadora.












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